Falta de riego. Exceso de morriña.
El inevitable y trepitoso caminar de las agujas del reloj mustia las hojas de tu bonsái.
A mi llegada, me acerco a la terraza para descubrir que has dejado de regarlo. Para compensar, lo ahogo en cuidados. Exceso repentino de agua para un desierto que se ha acostumbrado a la escasez.
El agua, tal y como entra, sale. Su tierra ya no retiene, ya no aguanta. Tengo la sensación de que, en realidad, son sus raíces las que lloran. Lo que tú y yo no lloramos, él lo lamenta.
No hay necesidad. No hay necesidad de sufrir. Al fin y al cabo, aunque tarde, el sol siempre vuelve a entrar por la ventana. Los días son más cortos, sí, pero este fin de semana cambia la hora. Las agujas retroceden un paso y nosotros nos aprovechamos de una injusta tregua. Una hora más para rozarnos y arrancarnos la piel. Una hora más para no echarnos de menos. No quiero acostumbrarme a extrañarte, como el bonsáis se acostumbra a que no lo riegues. Cada rayo de sol es más cálido que el anterior, pero siempre más breve. Crearemos un microclima para mantener un verano constante. Intermitente, pero constante. Qué más da que ahora nos regalen una hora, nos la quitarán en primavera, cuando nuestros huesos se estén empezando a acostumbrar al calor de las tardes. Nos financiamos del tiempo, lo pedimos prestado. Devolveremos con intereses todo lo que ahora derrochamos…
Cuando riegas a diario la tierra aprende a empaparse, a sentir la humedad en sus entrañas. Aprende a no manifestar rechazo a la riada, pues la riada no existe.

Siempre me gustó tu manera de expresar lo que hay dentro.
Te conozco desde hace años, aunque estuve desaparecida después de “Calle Melancolía”.
Ahora regreso con nuevas ganas.
No pares. Nos vemos en las letras.
Septiembre.
Ya no le falta riego… nunca nos falta amor…