Remar bajo la lluvia.

Nos encontrábamos en un bote, más similar a una pequeña lancha o embarcación de recreo, cubierta por un pequeño toldo de lona a modo de tejadillo. A pesar de estar cubierto por arriba, mientras íbamos en marcha la lluvia entraba sin reparos por los laterales y por la zona delantera, de modo que no había nada que nos abrigase. El chubasquero había sido una buena idea. A pesar de estar mojándonos, el sentimiento de felicidad que nos inundaba en ese momento no se empañaba con nada. Me dirige una tímida sonrisa, con los ojos semicerrados por la lluvia, que devuelvo con la mirada. Aquello era libertad.

A nuestro alrededor el paisaje era sobrecogedor. Nos acercábamos por los canales hacia mar abierto, hacia la bahía, rodeados de inmensas montañas cubiertas por un espeso manto de vegetación. Las nubes se posaban sobre las cumbres, impidiendo que pudiésemos observar dónde terminaban aquellos montes. La imagen era cautivadora. El verde contrastaba con el blanco grisáceo del cielo y el azul del pacífico. El manglar de los canales nos dejaba entrever sus intimidades, las raíces de sus árboles desnudas, casi flotando. Teníamos la sensación de estar presenciando algo secreto, detalles prohibidos, tierras que nunca antes habían sido contempladas por el hombre. Por supuesto, no era del todo cierto.

A una hora de los manglares se encontraba nuestro destino, unos kilómetros al sur siguiendo la línea de la bahía. Cuando por fin dejamos el manglar atrás y nos adentramos en el océano, notamos como el agua que surcábamos se embravecía, como enfadado por nuestra presencia. La lluvia se intensificó, la emoción se intensificó. Totalmente cautivada por lo asombroso e inhóspito del paisaje, intentaba comparar nuestra vida europea con la vida en aquellos lugares. La comparación parecía imposible. Lo que más destacaba era lo prescindible que resultaba casi todo desde aquel punto de vista. 

Hay otra vida, otra forma de ver las cosas. No, miento: hay miles de vidas, miles de maneras de vivir. Nos pasamos la vida pensando que somos afortunados por haber nacido en nuestra tierra, en nuestra casa. Subestimamos otras culturas y otras ideas, sin darnos cuenta de que a miles de kilómetros hay un lugar que al visitarlo te va a enamorar, a cautivar. Quise haber nacido allí. Así como nos íbamos acercando a puerto (que no era puerto, sino una pequeña playa), sentía un nudo en el pecho, una angustia feliz que me decía que allí podría pasar algunos de los días más tranquilos y felices de mi vida. El lujuriante paisaje me llamaba a gritos, me cautivaba. Quizás aquel era el momento ideal para ir descubriendo quién soy, cuáles son mis límites y mis necesidades, cuál es mi lugar en el mundo.

Creo que todavía no lo he descubierto, pero quizás he conseguido entrar en la senda adecuada, en la senda de empezar a entender mis inquietudes y mis anhelos, en la senda de comenzar a pensar que quizás no debo dejarme arrastrar por el agua del manglar que  me dirige a las profundidades del pacífico, que quizás es el momento de comenzar a remar a contracorriente y encontrar mi playa, mi remanso de paz en el que atracar. 

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~ por galatearfp en 5 septiembre, 2011.

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